- ¡Ay, abuela! ¡Me haces daño!

Los dedos de la anciana se deslizan suavemente, pero con decisión,  por los mechones de pelo de Sun, que a cada tirón, suelta una parrafada de blasfemias. Su abuela la mira con una leve sonrisa experta, mientras sigue trenzando el cabello largo y espeso de la muchacha hasta llegar a la mitad de la espalda, donde lo recoge con un pequeño lazo de color turquesa.

Cuando Sun se percata de que su abuela ya ha terminado, se levanta corriendo de la silla y la besa en la mejilla. Su abuela empieza a decirla algo, pero ella sale disparada como alma que lleva el diablo.

Cuando ya está en el ascensor, coloca la trenza sobre su pecho y se pone el gorro con el  pompón que le regaló su amigo Teo, con el que ha quedado dentro de treinta segundos exactamente en la plaza, que está situada a 10 minutos. Corre desenfrenada por las calles que la conducen hacia el lugar de la cita, y para cuando a llegado, la trenza de su abuela está ya un poco desecha por los bucles.

A lo lejos, en un banco, distingue el cabello largo de Teo, que al oírla venir, se gira para mirarla, con sus gafas de sol Rayban de espejo. Suelta una sonrisa torcida y Sun sonríe. Esa sonrisa es una señal de que no está enfadado.

-Cuanto has tardado, ya pensaba que no venías.- Se la queda mirando el gorro y su sonrisa crece de tamaño.- Te queda muy bien.

-Gracias.- Se le hace un hoyuelo en la mejilla.

Y entonces, Teo se incorpora, dejando ver los más que evidentes 15 centímetros que le saca a Sun. Esta levanta la cabeza para mirarlo disgustada. Nunca le ha gustado que caminase a su lado, pues le daba verguenza. Aunque sabía perfectamente, que era incapaz de vivir sin él.

Su mirada se detiene en el cielo gris, de donde comienzan a caer pequeñas gotas, que luego se convierten en una lluvia intensa de lágrimas de enamorados tristes. Se cogen de la mano y echan a correr.

No es su caso.

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