- ¡Ay, abuela! ¡Me haces daño!

Los dedos de la anciana se deslizan suavemente, pero con decisión,  por los mechones de pelo de Sun, que a cada tirón, suelta una parrafada de blasfemias. Su abuela la mira con una leve sonrisa experta, mientras sigue trenzando el cabello largo y espeso de la muchacha hasta llegar a la mitad de la espalda, donde lo recoge con un pequeño lazo de color turquesa.

Cuando Sun se percata de que su abuela ya ha terminado, se levanta corriendo de la silla y la besa en la mejilla. Su abuela empieza a decirla algo, pero ella sale disparada como alma que lleva el diablo.

Cuando ya está en el ascensor, coloca la trenza sobre su pecho y se pone el gorro con el  pompón que le regaló su amigo Teo, con el que ha quedado dentro de treinta segundos exactamente en la plaza, que está situada a 10 minutos. Corre desenfrenada por las calles que la conducen hacia el lugar de la cita, y para cuando a llegado, la trenza de su abuela está ya un poco desecha por los bucles.

A lo lejos, en un banco, distingue el cabello largo de Teo, que al oírla venir, se gira para mirarla, con sus gafas de sol Rayban de espejo. Suelta una sonrisa torcida y Sun sonríe. Esa sonrisa es una señal de que no está enfadado.

-Cuanto has tardado, ya pensaba que no venías.- Se la queda mirando el gorro y su sonrisa crece de tamaño.- Te queda muy bien.

-Gracias.- Se le hace un hoyuelo en la mejilla.

Y entonces, Teo se incorpora, dejando ver los más que evidentes 15 centímetros que le saca a Sun. Esta levanta la cabeza para mirarlo disgustada. Nunca le ha gustado que caminase a su lado, pues le daba verguenza. Aunque sabía perfectamente, que era incapaz de vivir sin él.

Su mirada se detiene en el cielo gris, de donde comienzan a caer pequeñas gotas, que luego se convierten en una lluvia intensa de lágrimas de enamorados tristes. Se cogen de la mano y echan a correr.

No es su caso.
Lucian se separa de la pared. Es la segunda vez desde hace 3 meses que le pillan. Le sangra la nariz y el que sea la hora punta en la que todo el mundo va en metro, no ayuda en que pase desapercibido por ahí. Intenta incorporarse lentamente y se limpia con la manga en labio, de donde mana un leve hilillo de sangre, al parecer, de otro de los chicos que le han pegado. Se pone la capucha de la sudadera, dejando algunos de sus cabellos libres por su rostro, suaves a pesar de la guerrilla. Se nota el ojo un poco hinchado.

Comienza a caminar por el andén, cruzándose con gente, con niños, con macarras como Freud. Ese idiota se las iba a pagar muy caras. Tantos años ayudándole en sus marrones, en el tráfico de droga...para ésto. Para que en un sólo y puñetero día en el que no le puede entregar la mercancía, aparezca con su pandilla de imbéciles y le den su...¿merecido?

No, eso no volvería a pasar. Puesto que Lucian se había propuesto olvidar, empezar algo nuevo. Algo en lo que no tuviera que depender de nadie...

Sube las escaleras para salir a la avenida, pero justo cuando está llegando al final, oye un tremendo rugido agudo, que anuncia que el último vagón acaba de partir. Aún no ha terminado sus cavilaciones cuando un enorme tumulto de gente comienza a subir las escaleras con una velocidad 5 veces superior a la suya, tropezándose con las demás personas que bajaban.

Entre las que bajan consigue ver a una chica menuda, de tal vez 17 años, que lleva un bolso muy grande de piel colgado del hombro. Lleva puesto un suéter 5 tallas más grande de la que debería, unos vaqueros y unas botas de terciopelo. Desde donde Lucian está, se la ve nerviosa, tal vez asustada y con el pelo largo mojado por las puntas, tal vez por la leve llovizna que hay en el exterior. Lleva unas gafas de sol que, alguien al chocar con ella, tira al suelo.

La chica cierra los ojos y con expresión temerosa se sienta en un escalón mojado. Tirita. Lucian se acerca esquivando a la masa y la toca del hombro.

-¿Cómo te llamas?

- Chloè.- Su voz tiembla.

-Espera aquí, Chloè. No te muevas.

Lucian esquiva la multitud, y mira al suelo. Cuando parece que la mayoría de gente ha desaparecido, vislumbra unas gafas de sol en el asfalto. Se acerca a cogerlas y vuelve hacia donde está la chica.

-Ten, Chloé. Tus gafas.

La chica abre los ojos. A Lucian se le congela el alma. Son blancos, blancos como las nubes, las hojas de un libro, o el marfil. La chica, como si nada pasase se pone las gafas.

-He perdido el tren.